viernes, 26 de julio de 2013

Invitado a nuestro cuarto encuentro: poeta popular Valentín Gajardo








ISLA NEGRA
 


La ventana abierta 
como un suspiro inmune
mostraba el día
esparcido allá a lo lejos
y tu tumba constelada
frangante de flores y líneas,
innumerables pasos
acumulados del mundo
que concurren para alabarte.

Cuando el sol decrece
infrarrojo hacia la noche
haciendo parir las aguas en combate
y las algas peinan sus cabelleras
el rugido enorme de los mares
inventa un nuevo ciclo,
tan solo por tu nombre.

El viento avienta
las rocas en la arena
como un grito estremecido
de pájaros salvajes
y va la espesura del globo
más allá de los ojos
en el combate interminable
hacia el infinito.

Allá los días
llenos de amaneceres
con peces y estaciones
ondean estandartes nupciales
que a la postre de tus palabras
paren millones de palabras
y páginas interminables.

Porque tú residencia 
es más allá de la tierra.


Los espacios que tus alas cubren
como un invierno de nieve
hacen girar las aguas y estrecharse,
y a cada estallido
de espuma o de aire
las nubes rescatan
átomos y partículas de tu estirpe.

No es tan afortunado el barco
o cascabel de juguete
que se queda entumecido
cuando mira tus riberas,
como la placidez de tus caracolas,
ni los ojos de tus peces, 
ni las sábanas de tu alcoba,
(donde anclaste profundos garfios
y tentáculos de lenguas)
ni tus campanas crucificadas,
ni los ángeles retenidos,
ni el cielo de tus vasijas,
o el negro de tu traje,
ni los secretos de tus sombreros
(que guardaban poesía y voces
sin nunca decirlo).
Para que hablar de tu pluma
de mortuoria fisonomía sin ti,
como una línea inconclusa
cien veces, mil veces
a través del planeta.

De bruces,
procedería de bruces sobre tu arena
sólo por oír su eco,
su origen como predicamento
hasta el centro de la tierra,
desde la garganta oscura de su tumba,
desde el silencio de su cuerpo
y el salitre de sus huesos
eternos,
como un vendaval de meteoros
y espaciales elementos,
de su vista etérea
y ancestrales cereales locuaces.

De bruces estaría tendido,
tendido de bruces y ahogado
como un cetáceo andino,
o un sumergido bosque
sin alas, sin lianas
para asirme en lo profundo
o al ocaso del orbe antiguo,
antes de los días del sol
y del chispazo matutino,
y las fragatas estelares
que partieron
tras la explosión del silencio.
 




22.01.2008



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